El Dios que siempre está presente

El libro de Ester relata una historia entretenida que ha cautivado a lectores de diferentes generaciones. Su trama nos envuelve y nos traslada a una época en donde el futuro del pueblo judío era incierto. No obstante, cualquiera que haya leído el resto de la Biblia, al leer esta narrativa notará rápidamente que el libro de Ester es diferente a los demás. En este libro, el nombre de Dios no es mencionado, este es un dato extraño que ha generado inquietud en muchos estudiosos de las Escrituras. 

La ausencia del nombre de Dios incluso a llevado a cuestionar el lugar del libro de Ester en la Biblia. Mientras que el rey de Persia es mencionado 190 veces en 167 versículos, el nombre de Dios no se menciona ni una sola vez. Además, el libro carece de otros componentes religiosos que son comunes en otros textos inspirados. No encontramos en este libro referencias a la ley, el pacto, la oración, ni a ángeles.[1] Pareciera que el autor deliberadamente evitara mencionar a Dios y todo lo relacionado con la religión ­—con la posible excepción del ayuno en Ester 4:16—. ¿Será que la aparente ausencia de Dios en el libro de Ester nos enseña algo sobre el carácter de Dios y Su manera de obrar? 

El libro de Ester y la providencia de Dios 

Tras el exilio a Babilonia, el corazón de los judíos estaba repleto de temor e incertidumbre. Un sinnúmero de preguntas agobiaba su existencia: ¿Seguimos siendo el pueblo de Dios? ¿Qué nos depara el destino? ¿Está Dios con nosotros o nos ha abandonado? En este contexto toma lugar la historia de Ester. Una lectura superficial pareciera confirmar el más grande temor de los judíos: Dios les ha abandonado. La ausencia del nombre de Dios pareciera constatar esto. Sin embargo, una lectura delicada y profunda del texto nos encamina hacia una realidad diferente: Dios estaba presente en medio de su pueblo, obrando providencialmente para la liberación y salvación de Su remanente. Este es el tema ideológico del libro: La providencia de Dios.[2] Cuando hablamos de la providencia de Dios, nos referimos a que Dios, de alguna manera invisible e inescrutable, gobierna sobre todas las criaturas, nuestras acciones y las circunstancias a través del curso normal y ordinario de la vida humana, sin la intervención de lo milagroso.[3] El tema de la providencia es central en el libro de Ester.

La ausencia del nombre de Dios no significa que este libro no sea teológico, o que no nos enseñe nada acerca de Dios. El silencio acerca de Dios es bastante deliberado, no para señalar que Dios está inactivo en situaciones humanas, sino por el contrario, que está oculto en todos los eventos. Esta es la implicación de las numerosas coincidencias que se dan en el libro. La historia puede convertirse, por lo tanto, en una declaración poderosa sobre la realidad de Dios en un mundo en el que parece estar ausente.[4] Una vez que se comprende el mensaje teológico del libro, es apropiado que no se mencione el nombre de Dios. De hecho, la ausencia total de Dios, de manera magistral produce esperanza y ánimo en el corazón del lector.[5] El estilo en el que está escrito Ester reconoce el hecho de que a menudo no hay una señal obvia de que Dios está obrando en el mundo. Sin embargo, el libro de Ester nos muestra que detrás de todos los eventos terrenales siempre hay un propósito celestial.[6]

Coincidencias divinas

Como ya lo hemos identificado, la providencia de Dios se percibe en todo el libro de Ester, sin embargo, es útil resaltar algunos detalles de la narrativa que nos permiten vislumbrar más claramente este aspecto. El papel de las «coincidencias», algunas de estas bastante irónicas, es prominente en la trama de Ester. Por coincidencia, Mardoqueo se entera del complot del asesinato. Por coincidencia, el oportuno insomnio del rey resulta en la exaltación de Mardoqueo el día que esperamos la muerte de Mardoqueo.[7] En todas las «coincidencias» que se dan en el libro de Ester vemos la mano providencial de Dios. Como lo dice un autor: «Una coincidencia es un milagro en el que Dios prefiere permanecer en el anonimato».[8]

Los eventos aparentemente insignificantes, como la noche en la que el rey no pudo conciliar el sueño o las decisiones mal intencionadas de ciertos personajes, sin duda juegan un rol significativo en este libro. Aunque no se encuentra ni un pequeño milagro en el libro de Ester, el resultado acumulativo de una serie de «coincidencias» y eventos improbables e irónicos nos lleva a reflexionar sobre la calidad milagrosa de lo común.[9] La historia de Ester es un ejemplo de cómo en un momento crucial de la historia se cumplieron las promesas del pacto, no mediante la intervención milagrosa de Dios, sino a través de eventos completamente ordinarios.

El clímax del libro de Ester

El libro de Ester revela como Ester y Mardoqueo fueron providencialmente posicionados en el corazón del imperio persa, con el poder suficiente para actuar políticamente a favor del pueblo de Dios. A medida que se desarrolla la historia, antes de que incluso se introdujera al malvado Amán y se diseñara su plan malicioso, Dios ya había instalado los instrumentos de liberación: había colocado a Ester en la corte real y a Mardoqueo bajo el favor del Rey. El punto es que incluso antes de que surjan nuestros problemas, Dios ya ha provisto una solución para ellos.[10]

«¿Y quién sabe si para una ocasión como ésta tú habrás llegado a ser reina?», estas palabras de Mardoqueo en el capítulo 4, versículo 14, revelan que la elección de Ester no había sido una casualidad. Todo lo contrario, su elección era parte de la obra del director de la historia, para que a través de ella este acto de liberación pudiera ejecutarse. En este punto se nos desvela como Dios, en su providencia, estaba escribiendo el guion de este relato y gobernando soberanamente sobre la historia. 

Su providencia en el plan de redención

Al hablar del libro de Ester es fácil perdernos en la narrativa y olvidar el panorama general de la historia redentora. Debemos cuidarnos de este error y recordar que la historia de Ester se lleva a cabo dentro del contexto de una historia aún más importante. La liberación del pueblo de Israel del decreto de muerte de Amán tenía como fin asegurar la continuación de la nación judía de la cual procedería el Mesías. Este Mesías traería una liberación aun mayor que la lograda por Ester y Mardoqueo. Él Cristo libraría a Su Pueblo de la condenación eterna. Él nos rescataría de la inevitablemente muerte eterna que nos esperaba a cada uno de nosotros, tanto judíos como gentiles.[11]  

Aplicación a nuestras vidas

El punto principal del libro de Ester es que a través de la historia Dios cumple las promesas a Su pueblo mediante Su providencia. La voluntad de Dios en todo y en todos se manifiesta día tras día mediante la providencia divina. Este libro sirve de recordatorio para Su iglesia de que, incluso en la esquina más pagana del mundo, allí donde Dios parece estar ausente, Él está gobernando para el beneficio de Su pueblo y la gloria de Su nombre.[12] También, en momentos turbulentos como los que vivimos en la actualidad, nos recuerda que Dios está presente y que Él esta obrando. 

Es así como todos los eventos en nuestra vida y en las vidas de los demás están contribuyendo a los fines que Dios ha ordenado. Sin duda Dios trabaja misteriosamente, secretamente, pacientemente, mediante eventos aparentemente insignificantes y decisiones humanas —aun mediante aquellas decisiones hechas por motivos malvados o indebidos—. Dios continúa obrando a través de Su providencia para atraer asimismo personas de todas las épocas y cumplir Sus propósitos eternos. Incluso en medio del caos, hoy en día Dios sigue obrando para cumplir sus promesas a nosotros, su Iglesia. Su providencial mano sigue activa, acomodando la historia de nuestro mundo y preparando todos los detalles para el regreso de Jesucristo, nuestro Rey y Señor eterno.


[1] Mervin Breneman, Ezra – Nehemiah – Esther, 293.

[2] Breneman, 294. 

[3] Karen H. Jobes, Esther: The NIV Application Commentary: From Biblical Text – to Contemporary Life, 43. 

[4] J. G. McConville, Ezra, Nehemiah, and Esther, 153.

[5] Jobes, 41-42.

[6] McConville, 173. 

[7] Jobes, 48.

[8] Jon Douglas Levenson, Esther: A Commentary, 19.

[9] Jobes, 233.

[10] McConville, 163.

[11] Jobes, 45.

[12] Jobes, 43.

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