Reflexiones en tiempos del coronavirus

La semana pasada tuve que permanecer en casa a causa de una enfermedad. Ese tiempo me permitió reflexionar en Cristo, el evangelio y la crisis de salud por la que atraviesa el mundo. He aquí un par de reflexiones. 

Dios es soberano

Es fácil decir que Dios es soberano. La mayoría de los cristianos lo afirmamos con nuestros labios. Pero ¿lo creemos en nuestro corazón? ¿Creemos que Dios tiene control sobre toda situación? ¿Creemos que Dios es soberano sobre el mal? 

«¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno?» (Lamentaciones 3:37-38)

«Si se toca la trompeta en la ciudad, ¿no temblará el pueblo? Si sucede una calamidad en la ciudad, ¿no la ha causado el Señor?» (Amos 3:6)

La naturaleza no es soberana. Satanás no es soberano. Y los seres humanos —por más que nos guste creer que estamos en control— estamos lejos de ser soberanos. Solo Dios es soberano. Nada se escapa de sus manos. Creer esto nos confirma que este virus no ha sorprendido a Dios. Creer en su soberanía debe traer paz y confianza a nuestro corazón pues entendemos que si Él ha decretado el avance de este virus es porque en su amor y sabiduría Él ha considerado que este evento es para nuestro bien.[1]

Pero ¿qué bien puede traer una pandemia?  

Arrepentimiento, temor de Dios y santificación

El prospecto de morir mueve a muchos a pensar en el estado de su alma, destino eterno y relación Dios. Corazones fríos, apáticos, dormidos, endurecidos —de cristianos y no cristianos— son sacudidos por el sufrimiento y la posibilidad de morir. En momentos como estos la siguiente frase de C.S. Lewis cae como anillo al dedo: 

«El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, habla a nuestra consciencia, pero grita en nuestro dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo.»

El pecado abunda en el mundo y nuestros corazones. Muchos de nosotros no seremos tocados por el coronavirus, pero todos hemos sido infectados por el pecado (Sal. 51:5, Ecl. 7:20, 1 Jn. 1:8). ¿Somos conscientes de que este “virus” (el pecado) contamina nuestras almas y es capaz de matarnos eternamente? ¿Será que somos conscientes de que algún día tendremos que rendir cuentas delante de Dios? Lamentablemente el temor a Dios es casi inexistente en nuestros días. Ignoramos que Dios, además de ser un Dios de amor, es también fuego consumidor (Heb. 12:29). Tememos a un virus respiratorio pero no tememos «a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno» ­—perdón si esto suena fuerte pero son las palabras de Jesucristo en Mateo 12:28­­—. Nada peor que estar bajo la ira de Dios.

«Mas por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.» (Romanos 2:5)

La humanidad se encuentra bajo la ira de Dios (Ro. 1:18, Ef. 5:6). La buena noticia es que hay perdón y reconciliación para quienes depositan su confianza en la obra redentora de Jesucristo. Fe y arrepentimiento, este es el llamado de Dios. No se trata de repetir una oración, se trata de vidas que evidencien fruto de arrepentimiento (Mt. 3:8, Hch. 26:20). 

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» (Mateo 7:21)

«El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.» (Juan 3:36)

La vida de un verdadero cristiano es una vida de arrepentimiento que progresivamente crece en santidad. La prioridad de Dios en esta tierra no es nuestra comodidad y felicidad terrenal, es nuestra salvación y santificación. El Señor hará lo que tenga que hacer para despertar nuestras almas y movernos al arrepentimiento y la santidad. Creo que este es un tiempo de arrepentimiento y para que retomemos la senda olvidada de la santificación. 

«Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.» (Hebreos 12:14)

Amar al prójimo, predicar el evangelio y demostrar al mundo nuestra confianza en Dios

¿Cómo debemos los cristianos responder a esta pandemia? Parte de la respuesta la hallamos en cómo la iglesia a través de la historia ha respondido a otras pandemias como la Gripe Española o la Peste Negra. Es llamativo observar que los cristianos históricamente han visto estos eventos catastróficos como oportunidades para amar al prójimo, predicar el evangelio y demostrar al mundo su confianza en Dios. 

Vemos un claro ejemplo de esto en la Peste Antonina del siglo segundo. Se cree que esta pandemia fue causante de la muerte de una cuarta parte del Imperio Romano. Los cristianos cuidaron a los enfermos y argumentaron con denuedo que la plaga no era obra de deidades iracundas y caprichosas, sino el producto de una creación caída que se ha rebelado en contra de un Dios amoroso. Esto llevó a un avivamiento espiritual y a la difusión del cristianismo dentro del imperio. 

¿No serán estos momentos para que la iglesia demuestre al mundo que en vez del temor hemos escogido confiar plenamente en la voluntad de Dios?[2] ¿No será esta una oportunidad de predicar el evangelio a personas que quizá en otros momentos no han sido sensibles al mensaje de salvación? ¿No será este el momento de amar al prójimo tomando las medidas pertinentes para frenar el esparcimiento del virus, clamando por la salvación física y espiritual de muchos y buscando maneras creativas de suplir las necesidades de personas en nuestra comunidad?

Mientras escribía esto el pastor de mi iglesia compartió con nosotros la conmovedora historia de una joven que llegó a la oficina de CareNet ­—este es un centro cristiano que atiende a mujeres embarazadas en nuestra área­—. Esta joven entró con el plan de abortar y salió confesando fe en Cristo y con la decisión de no poner fin a su embarazo. El director de este agencia reporta que en las últimas semanas han tenido varios casos como estos, según él este ha sido el tiempo más fructífero de su ministerio. En medio del sufrimiento y la oscuridad la luz de Cristo nunca deja de brillar. Este es un tiempo de prueba y de cosecha para la iglesia. 

Purificación de la iglesia

Dentro de la iglesia existe cizaña. Personas que profesan a Cristo con sus labios pero que aún no han sido regenerados por la gracia de Dios (Mt. 7:21-23, 1 Jn. 2:19). Muchos de estos son líderes espirituales, individuos que la Palabra de Dios llama falsos maestros, falsos profetas y falsos apóstoles. Estos personajes deshonran al Señor, dan una mala imagen a la iglesia de Cristo y confunden al pueblo de Dios. Desde el primer siglo estos falsos maestros han representado una grave amenaza para la salud y unidad de la iglesia (Mt. 24:24, Hch. 20:29-30, Jud. 1:3-4, 2 Jn. 1:8-11, 2 Ti. 4:3-4). 

«Pero se levantaron falsos profetas entre el pueblo, así como habrá también falsos maestros entre vosotros, los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras, negando incluso al Señor que los compró, trayendo sobre sí una destrucción repentina. Muchos seguirán su sensualidad, y por causa de ellos, el camino de la verdad será blasfemado; y en su avaricia os explotarán con palabras falsas. El juicio de ellos, desde hace mucho tiempo no está ocioso, ni su perdición dormida.» (2 Pedro 2:1-3)

«Porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues aun Satanás se disfraza como ángel de luz. Por tanto, no es de sorprender que sus servidores también se disfracen como servidores de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» (2 Corintios 11:13-15)

La falsedad e iniquidad de estos será revelada el día del juicio. Sin embargo, muchos de ellos, antes del juicio se delatarán así mismos por la depravación de sus actos, el amor por el dinero y la falsedad de sus enseñanzas. Es mi oración que en estos tiempos Dios siga purificando a su iglesia y desmascarando a estos falsos maestros. En especial a quienes predican el falso evangelio de la prosperidad. Sus doctrinas venenosas y antibíblicas permean nuestras propias iglesias. Este es un tiempo para escudriñar las Escrituras, abrir nuestros ojos espirituales y rechazan las mentiras que hemos aceptado. 

Te recomiendo el documental de American Gospel. Puedes ver la versión gratis (una hora) o versión paga (2 horas y 20 minutos), ambas tienen subtítulos en español. 

Anhelar nuestro destino final

Esta pandemia nos recuerda que este no es el paraíso. Vivimos en un mundo caído. A causa de la Caída la tierra está sujeta a corrupción (Ro. 8:18-30). Este mundo nunca será perfecto o ideal. Nunca encontraremos en esta tierra nuestro hogar soñado. La Biblia enseña que en este lado de la eternidad experimentaremos grandes aflicciones (Jn. 16:33). Dios no promete el cielo en la tierra, lo que sí promete es una nueva creación. Un lugar donde reinará la paz, el gozo y el amor. Un sitio donde no existirá el sufrimiento, la enfermedad, las pandemias, el pecado y la muerte. Dios promete un mundo físico y real, un nuevo Edén, donde su pueblo redimido disfrutará junto al Dios Trino. Este es un tiempo para crecer en nuestro anhelo por nuestro destino final, nuestro verdadero hogar. 

«Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado.» (Apocalipsis 21:1-4)


[1] Aunque Dios no sea la causa inmediata o eficiente de nuestro sufrimiento, si podemos decir que todas las cosas existen o suceden por su decreto soberano y eterno. Puedes leer más sobre este tema en este artículo: Verdades bíblicas que nos ayudan a sufrir bien

[2] Confiar en Dios o tener fe no es equivalente a estar seguros de que no seremos contagiados por este virus. Ser cristianos no nos hace inmunes y la sangre de Cristo no es un amuleto o algo que nos untamos para que el mal no nos toque. Dios no promete inmunidad contra el coronavirus. Dios nos promete algo mejor: el perdón de nuestros pecados y la vida eterna a su lado. Confiar en Dios implica creer que aun si Dios en su providencia considera necesario que nos enfermemos y suframos, esto será para nuestro bien y para nuestra santificación (ser moldeamos más y más a la imagen de Cristo). Me gusta esta frase de Tim Keller: «Jesús no murió para que nunca sufrieras. Él murió para que cuando sufras, Dios use ese dolor para hacerte más como Jesús». 

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