Cómo Génesis nos apunta a Jesús

Mi esposa y yo nos hemos propuesto leer la Biblia juntos todos los días. Hacer esto, es mas difícil de lo que pensaba, las numerosas ocupaciones, la disparidad de nuestros horarios y nuestra falta de disciplina juegan en nuestra contra. Sin embargo, con la ayuda del Espíritu Santo nos esforzamos y tratamos de ser constantes. Hace unas semanas terminamos de leer Génesis. Antes de esto, ambos habíamos leído Génesis un par de veces, sin embargo en esta ocasión pudimos leer Génesis con nuevos ojos. Por primera vez leímos este libro de manera Cristocéntrica y no de modo egocéntrico o humanista. Tras haber aprendido que el tema principal de la Biblia es Jesús y su evangelio (Jn. 5:39-40, 5:46; Lc. 24:27, 44-45), nos aventuramos a descubrir cómo Génesis nos apunta a Jesucristo. Mientras leíamos nos hacíamos preguntas como estas: ¿Cómo encaja este episodio dentro de la historia de redención? ¿Qué nos revela acerca de Dios? ¿Cómo apunta a Jesús? ¿Cómo se conecta al evangelio? 

Este estudio ha enriquecido en gran manera nuestra vida espiritual. El libro de Génesis relata el primer capítulo en la historia de redención; la presencia de Cristo en este libro es latente e indiscutible. A través de este escrito deseo compartir parte de lo aprendido. El propósito no es presentar un ensayo organizado detallando todas las instancias donde Jesucristo es revelado en Génesis, hacer eso tomaría varios volúmenes y excede mi capacidad intelectual. Más bien, quisiera utilizar este artículo para presentar algunos apuntes, notas escuetas o reflexiones personales que quizá ayuden a otros a pensar, y leer la Biblia, de manera Cristocéntrica. 

Su presencia en Génesis

Segunda persona de la Trinidad: Una de las doctrinas cardinales de la fe cristiana es la doctrina de la Trinidad. Sin Trinidad no hay cristianismo. Nuestro Dios es uno en esencia y tres personas –Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aunque Génesis no expone explícitamente la naturaleza triuna de nuestro Dios, sí nos da indicios de la pluralidad en Dios. Varios pasajes de este libro hablan de Dios usando el pronombre plural para nosotros, en estos casos las conjugaciones y nombres hebreos utilizados hablan de más de dos personas (Génesis 1:26, 3:22, 11:7). La naturaleza trinitaria de Dios está presente desde el primer capítulo de la Biblia. 

Agente de la creación: Si reconocemos que el Dios trino operó en la creación, es evidente que el Hijo participó en la creación. El Hijo de Dios no fue creado en este relato, ya que Él no es un ser creado, Él es eterno como bien lo declara Juan (Jn. 1:1-2). Él es uno de los personajes de Génesis 1, no participa cómo ser creado, sino cómo el agente de la creación. Colosenses 1:16 afirma que en Él fueron creadas todas las cosas. La evidencia bíblica afirma contundentemente que Dios creo por medio de Dios Hijo (Heb. 1:2; 1 Co. 8:6; Jn. 1:3; Sal. 33:6). 

Cristofanías: En Génesis encontramos varias teofanías ­–estas son manifestaciones visibles de Dios. Pasajes como Génesis 12:7-9, 18:1-33, 32:22-30 relatan encuentros entre Dios y el hombre. En adición, varios teólogos han entendido que los pasajes que nos hablan del “Ángel del Señor” también pueden ser teofanías (Gn. 16:7-14, 22-11:18). Varios comentaristas bíblicos han interpretado estas teofanías como «Cristofanías», estas son apariciones del Cristo pre-encarnado. Personalmente, de todas estas posibles manifestaciones del Cristo pre-encarnado, mi favorita es su aparición a Agar (Gn. 16:7-14). En mi opinión, existen varias similitudes entre este llamativo episodio y el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana en Juan 4. 

Promesas

Protoevangelio: Génesis contiene varias promesas que apuntan a Cristo. La primera de ellas, y quizás la más importante, se halla en Génesis 3:15, esta es conocida como el «protoevangelio» –esto significa el primer evangelio, esta es la primera promesa de redención dada por Dios a la humanidad. Adán y Eva pecaron al intentar usurpar la autoridad de Dios y Su Palabra. El pecado de nuestros primeros padres resultó en un juicio divino (Gn. 3:16-19). Pero aunque Dios muestra su justicia al no pasar por alto la desobediencia del ser humano, también muestra su gracia al prometer un redentor para la humanidad. Tras la Caída, Génesis 3:15 nos da esperanza, Dios promete la redención de la humanidad y la derrota de Satanás. Aquí Dios anuncia la victoria de Jesucristo. El redentor nacería de una mujer y sería herido por Satanás (herida en el calcañar­­). Mas el Enemigo no sería capaz de destruirle, nuestro redentor habría de dar el golpe final (herida en la cabeza), venciendo al mal y dando inicio a una nueva creación. 

Simiente de Abram: Génesis nos muestra a Dios preparando a un pueblo, a una nación, incluso a un lugar específico, donde el redentor prometido habría de nacer. Es dentro de este contexto que el llamamiento y las promesas dadas a Abraham cobran sentido. Por ejemplo, Génesis 12:3 y Génesis 22:8 prometen que a través de la simiente de Abraham las naciones serían bendecidas. Dios enviaría al redentor de la humanidad y bendeciría a todas las naciones a través de la nación que Dios crearía por medio de Abraham. A través del linaje físico de Abraham Dios creó a la nación de Israel y envió al Mesías. El mundo y todas las naciones han sido beneficiarios del advenimiento del Hijo de Dios, quien ha creado un pueblo para sí compuesto de individuos de todas las naciones (Ga. 3:6-9). El libro de Apocalipsis describe una imagen preciosa donde personas de toda tribu, lengua, pueblo y nación se rinden en adoración a Cristo (Ap. 5:9, 7:9, 11:9). 

Promesa a Judá: En Génesis 49 Jacob reúne a sus hijos para profetizar lo que habría de acontecer con ellos. Desde los versículos 8 al 12 Jacob se dirige a su hijo Judá. Lo dicho de él halla su cumplimento en Jesucristo quien es descendiente de la tribu de Judá. Es a Jesús a quien pertenece toda alabanza y ante quien toda rodilla se doblará (Gn. 49:8, Fil. 2:9-11), Él es el León de la tribu de Judá que recompensará a sus siervos y destruirá a sus enemigos (Gn. 49:8-9; Ap. 5:5, 11:16-18), Él es quien gobernará sobre todas las personas como el Rey de reyes y Señor de señores (Gn. 49:10, Ap. 19:14-16). 

Tipología

Puede definirse la tipología como el establecimiento de conexiones históricas entre determinados hechos, personas o cosas (tipos) del Antiguo testamento y hechos, personas u objetos semejantes del Nuevo Testamento (antitipos).[1] El «tipo» es una sombra, una representación de algo futuro. El Antiguo Testamento contiene numerosos componentes tipológicos que apuntan a la persona y obra de Cristo. Con esto en mente, veamos algunos ejemplos del uso de la tipología en Génesis. 

Tipos personales

Adán: Adán fue puesto como cabeza y representante de la humanidad, ahora Cristo es la cabeza de una humanidad redimida. La Biblia nos habla de Jesucristo como el Segundo o Postrer Adán; varios aspectos de las vidas de Adán y Jesús son contrastados (1 Co. 15:21-22, 45-49, Ro. 5:12-21). Uno era terrenal, el Otro proviene del cielo. La desobediencia de uno trajo pecado y muerte, la obediencia del Otro trajo reconciliación y vida. Ambos fueron tentados por Satanás, mas solo el Segundo Adán, Jesucristo, salió vencedor. El primero culpó a su esposa para librarse del juicio de Dios, mientras que el Segundo murió por su esposa, asumiendo su pecado para que el juicio de Dios no cayera sobre ella (su esposa, su iglesia). Hoy todo ser humano tiene como cabeza a Cristo o Adán, quienes están en Adán están aún bajo condenación, mientras que quienes están en Cristo han sido eternamente justificados (Ro. 5:18, 3:25, 4:25).

Melquisedec: La Biblia no habla mucho de este personaje, sin embargo el Nuevo Testamento hace una clara conexión entre él y Jesucristo (Heb. 7). Melquisedec era rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo (Gn. 14:17-20). Melquisedec, al ser sacerdote y rey, asume dos de los tres oficios de Jesucristo –quien es rey (2 S. 7:16, Ap. 19:16), sacerdote (Sal. 110:4, He. 7:24-27) y profeta (Dt. 18:15,18; Hch. 3:20-23). Hebreos 7 utiliza a Melquisedec para mostrar el sacerdocio indestructible y eterno de Jesucristo. El sacerdocio del Mesías sería infinitamente superior al sacerdocio levítico. Esta conexión nos permite recordar que Jesucristo no solo actúa como sacrificio substitutivo sino también como nuestro eterno sumo sacerdote (Heb. 8:1-5).

José: Muchos consideran que la tipología siempre debe ser avalada por el Nuevo Testamento. Esta medida busca evitar la interpretación alegórica o que se trate de imponer de manera forzada la presencia de Cristo en un pasaje veterotestamentario. Esta recomendación es prudente y acertada, sin embargo, considero que hay un par de relatos del Antiguo Testamento que pueden ser considerados excepciones de esta regla. Algunos dirían que estas son ilustraciones y no ejemplos de tipología. Sea cual sea el caso, en Génesis encontramos uno de esos casos. Al leer Génesis 37-45 es imposible negar la conexión entre la historia de José y la de Jesús. 

Los dos, amados profundamente por sus padres (Gn. 37:3, Mt. 3:17), odiados y rechazados por sus hermanos (Gn. 37:4,8; Jn. 1:11, 5:18, 7:5), objetos de conspiración (Gn. 37:11, Mt. 12:15), ambos fueron falsamente acusados (Gn. 39:14–18, Mt. 26:59–60), tras ser humillados luego fueron exaltados (Gn. 41:39,40, Fil. 2:9; 1 P. 3:22), de todas las naciones vinieron a ellos para no perecer (Gen. 41:55,57; Jn. 6:35; Hch. 4:12) y perdonaron a quienes buscaron su muerte (Gen. 45:5, Lc. 23:34). 

En Génesis 50:20 José dice a sus hermanos: «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente». Los hermanos de José buscaron destruirle, pero detrás de este acto de maldad Dios estaba obrando para llevar a José a Egipto y salvar a muchos de la hambruna que habría de venir. Así mismo, los que obraron para matar a Jesús, no eran conscientes de que Dios estaba usando aquel mal para salvar a muchos a través de la crucifixión de Jesús: «Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, juntamente con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera». (Hch. 4:27-28). Aquellos individuos, guiados por Satanás, intentaron hacerle mal a Jesús, pero Dios lo torno en bien para llevar a cabo la salvación de mucha gente (Gn. 50:20, 45:8; Hch. 2:23; Is. 53:4). 

Acontecimientos típicos o tipológicos

Túnicas de pieles: Después del pecado de Adán y Eva, Dios proveyó ropa de pieles para ellos (Gn. 3:21). Un animal inocente fue sacrificado por Dios para cubrir la desnudez de los primeros pecadores; en este derramamiento de sangre observamos el primer sacrificio de animales. A pesar de su desobediencia, Dios por su gracia les cubrió con túnicas de pieles. Del mismo modo, Jesucristo viste de su justicia a pecadores como nosotros (Is. 61:10, Ro. 4:7). Nuestra desnudez, nuestra vergüenza y pecado, ha sido cubierta por Él. El sacrificio de un Cordero sin mancha, Jesucristo, nos ha vestido de justicia (1 P. 1:19). 

Cordero substituto de Isaac: En el momento que Abraham se preparaba para sacrificar a Isaac, Dios proveyó un cordero substitutivo para Isaac (Gn. 22:8-18). Al igual que en el caso de las túnicas de pieles, vemos la gracia substitutiva. Otro toma el lugar de quien ha de morir. Este episodio protagonizado en el Monte Moriah es una sombra de lo que habría de suceder en el Monte del Calvario. Pero en la historia de Jesús no hay ángel que detenga el sacrificio. En el Calvario el Padre ofrecería a su Hijo como sacrificio y el Hijo voluntariamente moriría como cordero substituto (Jn. 3:16, 10:18, 2 Co. 5:21, 1 P. 2:24). 

El Arca de Noé: En el relato del Diluvio (Gn. 6-10) leemos que Dios decide juzgar a la humanidad por su maldad. El Diluvio traería juicio sobre todos, pero quienes entraran al arca sobrevivirían. A pesar de su pecado, Dios por su gracia salvaría a un remanente. El Diluvio, además de traer juicio, también cumpliría el propósito de purificar la creación. Dios empezaría una nueva creación con Noé como cabeza. Asimismo, en el juicio futuro, Dios juzgará a la raza humana (2 P. 3:4-7, 1 P. 3:20). Todos seremos juzgados, pero quienes estemos en Cristo nos libraremos de la ira de Dios. Él por su gracia permite que muchos entremos al arca de Cristo para no perecer y ser salvos. Tras el juicio final, Dios dará paso a una nueva creación, cielos nuevos y tierra nueva, un nuevo mundo y una humanidad purificada con Cristo como cabeza. 

Reflexión final

Tras la Caída, observamos a una humanidad pecaminosa, corrupta y rebelde. Génesis y sus relatos no maquillan la maldad de la raza humana. Las páginas de este libro gritan a los cuatro vientos que la raza humana necesita un salvador que le redima y devuelva a su diseño original. En Génesis 3:15 Dios prometió que este redentor provendría de la mujer. Tras este pasaje, el lector ojea cada relato anhelando hallar al descendiente de Eva que rescataría a la humanidad. ¿Será Abel? ¿O quizás Caín? Rápidamente ambos son eliminados de la lista de posibles redentores. ¿Será Abraham? ¿Tal vez Isaac? ¿Acaso será Jacob? Uno tras otro son descartados, ninguno de los personajes de este libro da la talla, todos son pecadores quienes a su vez también necesitan de un redentor. 

Génesis deja al lector con un sinsabor en su espíritu. ¿Dónde está el salvador? ¿Será que Dios se olvidó de su promesa? ¿Hay esperanza para este mundo? Génesis no responde a estos cuestionamientos. El autor no responde a estas y muchas otras inquietantes preguntas. Y es que Génesis no es una obra terminada, este libro es tan solo el primer capítulo en la historia de Dios y la redención de su creación. Muchos episodios más se tendrían que escribir antes de llegar al cumplimiento de la promesa de Génesis 3:15. Génesis y todo el Antiguo Testamento nos muestra que la raza humana por sí sola sería incapaz de producir un redentor; este tendría que venir del cielo, Dios tendría que hacerse hombre para redimir al mundo y al hombre. Génesis prepara el camino para el resto de la historia que Dios revela progresivamente hasta llegar al Apocalipsis. Génesis apunta al salvador, apunta a su llegada, apunta a Cristo y su glorioso evangelio. 


[1] José M. Martínez, Hermenéutica Bíblica, 176. 

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