La Primera Navidad

El espíritu navideño se ha apoderado de mí. A pesar de que no tengo un árbol de Navidad en casa, día y noche medito en la Navidad. Y aunque no he pensado en los regalos que deseo recibir este año, mi mente no deja de pensar en el regalo que recibimos en la primera Navidad. Aquel glorioso día cuando Dios tomó forma humana. Aquel momento cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. 

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan 1:14

El nacimiento de Jesús no fue un nacimiento más, lejos de ello, su nacimiento fue un evento milagroso donde la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo, el Hijo Eterno, se hizo hombre. Esto es lo que conocemos como la encarnación, la acción de Dios Hijo por medio de la cual tomó naturaleza humana. Es importante entender que la vida de Jesucristo no empezó en el vientre de María. Jesucristo no es un ser creado ya que desde la eternidad pasada ha coexistido con el Padre y el Espíritu (Jn. 1:1-2). Antes de su concepción, Él disfrutaba de una eterna e íntima relación con el Padre y el Espíritu de Dios (Jn. 17:5). Venir a la tierra implicó el abandono de su posición de igualdad al Padre, dejar atrás la gloria del reino celestial y la continua adoración de los ángeles. El príncipe eterno voluntariamente se hizo pobre, un siervo, un esclavo (Fil 2:6-8). 

Pero, ¿por qué habría de hacerse hombre? 

Únicamente asumiendo nuestra humanidad podía obrar como el mediador entre Dios y el hombre. La raza humana se hallaba en completa enemistad con Dios, éramos enemigos de Dios, y solo alguien que fuese completamente Dios y completamente hombre podía obrar como mediador entre Dios y el hombre (1 Ti. 2:5-6). En el misterio de la encarnación las dos naturalezas, la divina y la humana, se unen en una sola persona, Jesús de Nazaret. Su naturaleza divina es exactamente igual a la del Padre y la humana es exactamente como la nuestra, solo que sin pecado. Esta verdad bíblica ha sido afirmada a través de la historia del cristianismo y ratificada en el Concilio de Calcedonia (451 d.C.). Jesús es verdaderamente humano y verdaderamente Dios. 

Verdaderamente Dios

La Biblia nos revela la deidad de Jesús de diversas maneras: a través de los títulos otorgados a Él (Yo Soy, Hijo de Dios, Hijo del Hombre, etc.), por sus obras divinas (perdonar pecados, sus milagros, ofrecer vida eterna, etc.) y por los atributos de Dios Padre que son aplicados a Él. En Jesús habita la plenitud de la deidad (Col. 2:8-10). Él es uno con el Padre, todo lo que el Padre es, el Hijo es (Jn. 5:19-24).[1]

Dios Hijo no dejó de ser Dios al hacerse hombre. Él jamás se despojó de su deidad.[2] Él siguió siendo divino, poseedor absoluto de todos los atributos de Dios. Su cambio fue un cambio de forma y posición, no de atributos, esencia, o divinidad. Renunció al ejercicio independiente de sus poderes mas no dejó de poseer ningún atributo o habilidad divina. 

Verdaderamente Hombre

La humanidad de Jesucristo fue real, no una mera ilusión o una metáfora. El Verbo asumió un cuerpo humano y a la vez una mente y alma humana.[3] Dios asumió todo lo nuestro, para así redimir todo lo nuestro. Él fue igual a nosotros en todo, menos en el pecado (He. 4:15). En su nacimiento virginal sumó a su persona una nueva naturaleza ––la naturaleza humana––, sin cambiar ni renunciar a su naturaleza divina. 

Otros motivos por los que Dios Hijo se hizo hombre

Además de hacerse hombre para ser el mediador entre Dios y los hombres, la Escritura presenta otras razones por las que fue necesaria la encarnación:

  • Para obediencia substitutiva: Jesús ejerció como nuestro representante y obedeció por nosotros donde Adán y nosotros habíamos fallado y desobedecido (Ro. 5:18-19)
  • Para ser un sacrificio vicario: Tenía que tener un cuerpo físico para asumir nuestro castigo y morir en nuestro lugar (He. 2:16-17) 
  • Para ser nuestro ejemplo y modelo en la vida: Jesús nos presenta el modelo de la perfecta humanidad (1 Jn. 2:6) 
  • Para compadecerse como nuestro Sumo Sacerdote: Al vivir como nosotros y entre nosotros hallamos en Cristo alguien que entiende a la perfección nuestras experiencias y sentimientos (He. 2:18)

Celebremos la Verdadera Navidad

La Navidad nos habla del Evangelio. La raza humana necesitaba un redentor, mas no pudo producirlo, generación tras generación esperaron infructuosamente por la llegada del anhelado Mesías. La espera parecía eterna. Hasta que por fin, tras miles de años de expectativa, Dios vino a nuestro rescate. La semilla divina germinó en el vientre de una virgen. Se efectuó la perfecta unión entre la divinidad y la humanidad Y de manera milagrosa la plenitud del Dios infinito yació en un frágil bebé. Su llegada al mundo marcó el inicio de una nueva etapa en el plan de redención.

En esta Navidad recordemos y celebremos con entusiasmo este transcendental episodio de la historia de la redención. Los regalos, las cenas y las tradiciones navideñas tienen su lugar, sin embargo el lugar de preeminencia en esta época, y en todo momento, le pertenece a Cristo. Nuestra mente y corazón deben estar centrados en Él. Que nada ni nadie nos distraiga de meditar en el Hijo de Dios y su encarnación.


[1] El Concilio de Éfeso (431 d.C.) marcó un punto clave en la historia del cristianismo ya que en aquel encuentro la iglesia ratificó la completa deidad de Jesús. 

[2] Quienes nos adherimos al cristianismo histórico y ortodoxo rechazamos enfáticamente la Teoría Kenótica, también conocida como la teoría de la Kénosis. Esta postura enseña que Cristo se vacío o se despojó de su deidad al hacerse hombre. Esta enseñanza nace de una errada interpretación de Filipenses 2:6-8. 

[3] El Primer Concilio de Constantinopla (381 d.C.) fue otro concilio importante en la historia de la iglesia, allí se afirmó la completa humanidad de Jesús. 

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