5 puntos a considerar mientras servimos a personas con necesidades físicas

«La Iglesia debe esforzarse por ofrecer respuestas a las necesidades físicas de los miembros de la sociedad». Esta fue la premisa central de la publicación de la semana pasada. (Si no la leíste puedes dar clic aquí)

Hoy quisiera exponer cinco puntos relacionados a este tópico. Pero antes, reiteraré lo siguiente: El propósito de la Iglesia no se centra en obras caritativas, nuestro llamado principal es la evangelización de los no creyentes y la santificación de los miembros de la Iglesia. La más grande necesidad del ser humano es espiritual y no física. Toda obra social o labor comunitaria desligada de la proclamación del evangelio será una obra infructífera.

Si esto ha quedado claro, te invito a que prosigamos.

  1. Veamos la imagen de Dios en todo individuo

Génesis 1:26-27 afirma que el ser humano fue creado a la imagen de Dios. Este atributo no se le concede a ninguna de las demás obras de Dios. Hay algo distintivo y único en la creación del hombre. El ser humano es un retrato o una representación de Dios. Lamentablemente, a causa del pecado, la imagen de Dios se ha deteriorado en la raza humana. Así como una moneda que pasa de mano a mano y que con el tiempo va perdiendo su brillo y la imagen del personaje tallado, en nosotros el pecado ha logrado distorsionar y desdibujar la imagen de Dios.

No obstante, más allá de la proliferación de la maldad y de nuestra naturaleza pecaminosa, en todo individuo queda cierto componente de la imagen de Dios. Esto proporciona a cada ser humano un valor y dignidad inherente. Cuando aprendemos a ver la imagen de Dios en todo individuo es imposible permanecer cruzados de brazos ante la necesidad de nuestro prójimo. No son una persona más, son personas creadas por Dios y a la imagen de Dios.

  1. Representemos a Dios dignamente

Parte de la obra de Dios en la vida del cristiano es la restauración de la imagen de Dios; toda persona que ha nacido de nuevo por el poder del Espíritu está siendo moldeada a la imagen de Jesús y a su vez ha sido llamada a representar a Dios en medio de una generación incrédula e impura (2 Corintios 3:18, Romanos 8:29, Efesios 4:13, 1 Pedro 2:9). Nuestras buenas obras dan fe de la bondad y compasión de nuestro Dios. En un mundo plagado de injusticias, el pueblo de Dios actúa justamente y procura la justicia.

Hoy en día muchos se preguntan: «¿Dónde está Dios?». Considero que esta pregunta debería ser reemplazada por: «¿Dónde están aquellos que han sido llamados a representar a Dios en la tierra?». Esforcémonos por representar a Dios dignamente. Como lo expresa Tito: Nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús, se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si mismo un pueblo para posesión suya, un pueblo celoso de buenas obras (Tito 2:14).

  1. Examinemos las motivaciones de nuestro corazón y hagamos todo para la gloria de Dios

Nuestras buenas obras en ocasiones son fruto de motivaciones equivocadas. No lo confesamos, preferimos negarlo, pero la verdad es que a veces ayudamos porque deseamos sentirnos importantes o porque nos agrada percibir que otros nos necesitan. En otras instancias buscamos el elogio o aprobación de los demás. Hasta llegamos a pensar que nuestro altruismo puede ganarnos la aceptación y el amor de Dios. Actuar de esta manera alimenta nuestro orgullo, eleva nuestro ego y sentido de importancia, creemos que otros son inferiores a nosotros ya que nos necesitan. Más grave aún, pensamos que las personas o Dios mismo están en deuda con nosotros. Obramos con el fin de recibir un beneficio o bendición a cambio.

Delante de Dios es importante no solo lo que hacemos, sino el porqué lo hacemos. El Señor sondea los corazones y escudriña nuestras intenciones. Constantemente, a la manera del salmista, pidamos a Dios que examine nuestro corazón y nos revele las verdaderas intenciones de nuestro accionar (Salmos 139:23-24). Roguemos a Dios que purgue nuestros corazones de toda motivación errada para así obrar siempre por amor a Dios y para la gloria de Dios. Ese debe ser nuestro fin principal, Su gloria.

  1. Demos prioridad a proyectos que generen respuestas duraderas

La realidad es que ocasionalmente, en nuestro deseo de ayudar, hacemos daño. Por ejemplo, al ver una comunidad en pobreza, podemos movilizar a nuestra congregación y llevarles alimentos y ropa. Después de esto nos vamos y nos olvidamos de estas personas. Esfuerzos como estos, aunque bien intencionados, no ofrecen respuestas duraderas; exacerban la pobreza, despiertan dependencias y en ciertos casos incrementan los sentimientos de inferioridad y vergüenza en quienes reciben la ayuda.

Estoy seguro de que has escuchado el antiguo proverbio que asevera: «Dale un pescado a un hombre y comerá un día, enséñale a pescar y comerá todos los días».

Cuánta verdad en aquellas palabras. No se trata de solucionar el síntoma inmediato, el enfoque debe estar en diseñar programas que ofrezcan soluciones duraderas a los problemas que agobian a nuestras comunidades. Estoy convencido de que nuestros dones, experiencias y conocimientos potenciados por el Espíritu de Dios pueden dar a luz a proyectos provechosos y efectivos.

  1. No esperes a que toda tu iglesia se movilice

Algunos justifican su inactividad y pasividad detrás de la excusa de que su iglesia local no se involucra en obras de esta índole. Esta es una pésima excusa. Existen un sinnúmero de entidades cristianas, organizaciones sin fines de lucro y entes gubernamentales que lideran proyectos en los que podemos participar como voluntarios. Servicios a personas de escasos recursos, mentoreo de niños sin padres, visitas a los ancianatos, predicación en las cárceles, ministerio en los hospitales… Las opciones son ilimitadas. Mientras Dios despierta este sentir en tu congregación, puedes buscar maneras de servir en tu comunidad y empezar a movilizarte. No esperemos más.


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