¿Debe la Iglesia responder a las necesidades físicas de los miembros de la sociedad?

Hace unos años Dios despertó en mí una inquietud. Esta inquietud podría resumirse en una pregunta, ¿debe la Iglesia responder a las necesidades físicas de los miembros de la sociedad?

Aún recuerdo fragmentos del día en que fui confrontado por el Espíritu Santo con relación a este tema; sucedió durante una reunión de líderes cuando servía como pastor en Nueva Jersey. En aquella reunión debatíamos sobre las estrategias a utilizar para el crecimiento de nuestros recién inaugurados grupos pequeños.

La pregunta principal era: ¿Dónde podemos ir a reclutar personas para nuestras reuniones? Los asistentes ofrecieron varias opciones. No obstante, casi todos estaban de acuerdo con que los restaurantes y cafeterías eran nuestra mejor opción ya que conocíamos unos cuantos que eran frecuentados por un gran número de personas.

Sin embargo, una de las líderes no compartía nuestra postura y estaba dispuesta a dejárnoslo claro. Ella efusivamente declaró: «Siempre vamos a los mismos lugares, estas son personas que no están interesadas en participar, ya hemos ido varias veces. Más bien, ¿Por qué no invitamos a quienes viven en las calles? ¿Por qué nunca nos interesamos en ellos? ¿Por qué no los evangelizamos? ¿Por qué no vamos a ayudarles?».

Ella tenía toda la razón. Hasta aquel día el enfoque de nuestro ministerio era lo que podríamos catalogar, bajo los estándares de Estados Unidos, personas de clase media. Nunca habíamos considerado evangelizar a personas que vivieran en la calle, ni tampoco nos habíamos enfocado en los integrantes de las clases sociales más bajas. Nuestra congregación se hallaba completamente desconectada de la escasez y dolorosa realidad en la que vivían muchos miembros de nuestra comunidad.

Tras aquella reunión comenzamos a buscar maneras de ejercer un rol más activo en nuestra comunidad. En tres ocasiones fuimos a testificar de Cristo y a donar ropa y productos alimenticios. Fueron jornadas donde nuestra iglesia se unió y movilizó como nunca lo había hecho. Considero que hicimos poco, ya que no logramos establecer un proyecto sólido que produjera mejorías a largo plazo. Pudimos haber hecho más, pero Dios usó esas experiencias para mostrarme que yo, junto a muchos otros miembros de la Iglesia de Cristo, estamos desconectados de las grandes necesidades de muchos individuos en nuestra comunidad y en el mundo.

Hace unos meses, mientras leía el libro Radical, escrito por David Platt, el Espíritu Santo terminó de martillar este tema en mi corazón.

(Si no has leído la reseña de este libro, puedes dar clic aquí para acceder a ella)

Entre más me he informado sobre las maneras en que funcionan diferentes iglesias en Estados Unidos (he visitado varias y conversado con algunos de sus pastores), más me convenzo de que este es un aspecto en el que la Iglesia debe autoexaminarse. Anualmente se invierten millones de dólares en edificios, equipos, viajes y salarios, mientras ignoramos o tiramos nuestras migajas a los más necesitados en nuestras comunidades. Y aclaro, no tengo nada en contra de los modernos edificios equipados con la ultima tecnología, ni mucho menos de que se pague un salario digno a quienes sirven, lo que me parece incongruente es que invirtamos tan poco de nuestro tiempo, esfuerzo y recursos económicos para ayudar a suplir las necesidades básicas de miembros de nuestra comunidad y del mundo en general. Esto me parece anticristiano, y si les parece que estoy exagerando les invito a mirar algunos de los abundantes pasajes de la Biblia relacionados a este tema: 1 Juan 3:17; Santiago 1:27, 2:15-16; Lucas 14:13-14; Efesios 4:28; Isaías 1:17, 58:6-7; Proverbios 14:21, 21:13, 22:9, 28:27

Considero pertinente precisar que soy consciente de que el propósito de la Iglesia no se centra en obras caritativas, tengo bastante claro que nuestro llamado principal es la evangelización de los no creyentes y la santificación de los miembros de la Iglesia. También sé muy bien que la más grande necesidad del ser humano es espiritual y no física. Todos necesitados desesperadamente del perdón de nuestros pecados sin el cual seremos condenados. La proclamación del evangelio es nuestra máxima prioridad. No obstante, creo que mientras trabajamos para evitar que la gente sufra eternamente, también debemos trabajar diligentemente para aliviar el sufrimiento terrenal de quienes están en necesidad.

Si hemos nacido de nuevo, esto se debe evidenciar en nuestras buenas obras. Nuestra entrega y amor por las personas que pasan por diversas necesidades dan testimonio de la obra de Cristo en nuestras vidas. Además, por qué no creer que nuestro servicio puede ser un instrumento usado por Dios para abrir el corazón de muchos al evangelio.

Tengo mucho más para decir relacionado a este tópico, e incluso muchísimo más por aprender. La próxima semana compartiré con ustedes una segunda parte a esta conversación. Si no se han suscrito a este blog, les motivo a hacerlo, así recibirán en su correo electrónico mis próximas publicaciones.

¡Bendiciones!

Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? (1 Juan 3:17)

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