«Señor, concédemos más amor por tu Palabra»

En el año 303 d.C. el emperador romano Diocleciano dictó un edicto contra los cristianos. Este edicto ordenó que los derechos civiles de los cristianos fueran abrogados, sus edificios destruidos y sus libros sagrados quemados. Esta persecución fue la más atroz de entre las numerosas persecuciones que sufrió la iglesia antigua[1]. A pesar de las torturas y múltiples abusos, numerosos cristianos demostraron una fe inamovible en Jesucristo. Nada ni nadie les podía hacer negar a su Señor. Morir en nombre de Cristo era el mayor galardón.

Durante esta cruenta persecución, los gobernantes romanos orientaron gran parte de sus esfuerzos a destruir los textos bíblicos. Ellos sabían que, si deseaban erradicar el cristianismo, era primordial eliminar las Escrituras. Estas autoridades ordenaron a los cristianos entregar sus libros sagrados para ser quemados. Mientras unos tantos sucumbieron ante las amenazas, la gran mayoría se negó a entregar los textos bíblicos [2]. Estos fieles estaban dispuestos a morir con tal de preservar las Escrituras. Ellos optaron por el martirio y la muerte con el fin de perpetuar la existencia de las Escrituras. En parte, gracias a sus sufrimientos y a su sangre hoy podemos tener la Biblia en nuestras manos.

Episodios como estos me conmueven, me llevan a orar en arrepentimiento. Esta es mi oración de hoy: “Por favor, Señor, concédeme más amor por tu Palabra”. Pido esto a Dios porque reconozco que me falta aprender a valorar más su Palabra. Pero no soy el único, a la gran mayoría de cristianos nos falta amor por la Palabra de Dios. Afirmamos que la Biblia fue inspirada por Dios, pero pocos la leemos diariamente y son menos aun quienes la estudian con diligencia.

Debemos considerarnos privilegiados. Hoy en día tenemos acceso a la Biblia como nunca antes. Podemos adquirirla en nuestra lengua materna. Contamos con diferentes traducciones. Podemos acceder a ella en nuestros teléfonos celulares. Gozamos de miles de recursos para ayudarnos a entenderla mejor, como lo son las biblias de estudio, comentarios, diccionarios bíblicos, etc. Y más importante aún, ya que vivimos en el mundo occidental podemos leerla sin ser perseguidos o encarcelados.

A pesar de las muchas ventajas, los cristianos de hoy interactuamos muy poco con la Biblia. Algunos se conforman con “el versículo del día”. Otros quizá la leen de vez en cuando, pero no se esfuerzan en ahondar en el texto. Mientras que a otro porcentaje le basta con solo escuchar la lectura de un par de versículos durante el sermón del fin de semana.

La poca lectura y estudio de las Escrituras, se evidencia en el poco crecimiento y limitado fruto espiritual (1 Pedro 2:2-3). George Müller tenía toda la razón cuando expresó que “el vigor de nuestra vida espiritual será en exacta proporción al lugar que la Biblia ocupa en nuestras vidas y pensamientos”.

Otro de los graves síntomas del analfabetismo bíblico es la falta de discernimiento. A todo se responde con “amen”, se digiere toda enseñanza que posee tinte cristiano o solo porque el expositor menciona a Dios. Son escasos quienes imitan a los cristianos de Berea, creyentes que recibieron la Palabra con toda solicitud y escudriñaron las Escrituras diariamente para comprobar si lo que Pablo y Silas habían predicado tenía fundamentos bíblicos (Hechos 17:10-12).

Por favor, regresemos a la Palabra de Dios. Dejemos a un lado las excusas y la pereza. Desarrollar el habito del estudio de la Biblia al comienzo puede ser trabajoso, requiere una inversión de tiempo y esfuerzo, pero les garantizo que es una de las mejores inversiones que usted puede hacer. Hagamos del estudio de la Biblia una prioridad. Que  para cada uno de nosotros se convierta en una necesidad. No pares hasta que logres deleitarte en Su Palabra (Salmos 19:9-10).

«Por favor, Señor, concédenos más amor por tu Palabra».


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[1] Justo L. González, Historia Del Cristianismo Obra Completa: Desde La Era De Los Mártires Hasta La Era Inconclusa (Miami: Editorial Unilit, 2009), 120-121.

[2] González, Historia Del Cristianismo, 163-164.

 

 

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