Un peregrino regresa a casa

Hace unas horas un peregrino partió a casa. Su partida de este mundo ha traído lágrimas, gozo, dolor, gratitud, incertidumbre, gratos recuerdos, un poco de todo. Podría relatar más de una anécdota o experiencia vivida a su lado: la estadía en su casa cuando mi familia llegó a Estados Unidos, una cálida conversación camino al Monte Hermón, nuestro inolvidable viaje a Turquía, etc. Pero hoy no deseo centrarme en estas, prefiero escribir sobre la enseñanza más importante que recibí de parte de este hombre. Esta enseñanza no la impartió desde un púlpito, tampoco la compartió en un congreso, sino que la predicó con la manera en que vivió su vida. De él aprendí a vivir como peregrino.

Este hombre entendió que para quienes estamos en Cristo, esta vida es un mero peregrinaje, un viaje momentáneo; a veces prologando, en otros casos de duración breve. Somos extranjeros en este mundo, este no es nuestro hogar. El apóstol Pedro se refiere a los creyentes cristianos como “extranjeros y peregrinos” (1 Pedro 2:11). Un verdadero cristiano nunca encajará en este mundo, sus costumbres y cultura chocan con las de nuestro entorno, se siente fuera de sitio y lejos de su hogar. La ciudadanía del cristiano no es de este mundo (Filipenses 3:20, Colosenses 1:12-13). No importa su ubicación geográfica, la añoranza por estar en su verdadero hogar nunca desaparece de su interior.

Quien ha entendido que somos peregrinos en este mundo, no vive para acumular bienes materiales, se desprende con facilidad, no se apega a lo terrenal, no se afana por tener más. No es como los insensatos y necios quienes se aferran a este mundo.

Porque nada hemos traído al mundo, así que nada podemos sacar de él. Y si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos. Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. (1 Timoteo 6:7-9)

El peregrino disfruta de su peregrinaje, se goza cada día en la bondad de Dios y se deleita en las numerosas bendiciones que recibimos aquí. Sin embargo, su mirada está puesta en Cristo y la eternidad (Mateo 6:19-21).

El peregrino no vive preocupado por la fluctuante, y muchas veces errada, opinión humana. Este se desvive por la aprobación de Su Padre, anhelando que, al morir, de los santos labios del Creador fluyan las siguientes palabras: “Siervo bueno y fiel, bienvenido a casa”.

El peregrino no está interesado en subir la escalera del poder, no le interesan los títulos y los rangos. Su deseo genuino es servir desinteresadamente (Lucas 22:24-27).

El peregrino tiene claro que el propósito de nuestro peregrinaje se halla solo en Cristo y cumplir con sus propósitos. Bien lo dijo el apóstol Pablo:“Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Para el peregrino vivir es conocer a Cristo, aprender de Cristo, seguir a Cristo, ser transformado a la imagen de Cristo, predicar a Cristo y servir a Cristo. Morir, o más bien volver a casa, es eterna ganancia.

Hoy doy gloria a Dios por la vida del Rev. Luis Bernardo Castaño. Agradezco a Dios por lo que sembró en mi vida y la Iglesia.

Gracias por enseñarme a vivir como peregrino.

Todos éstos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que dicen tales cosas, claramente dan a entender que buscan una patria propia. Y si en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, habrían tenido oportunidad de volver. Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad. Hebreos 11:13-16

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