Treinta años de la gracia de Dios

La semana pasada inicié este blog con un relato de mi niñez. Tenía doce años, hoy tengo treinta, sí, treinta. Llegar al tercer piso de la vida es algo sumamente significativo. ¡Treinta años! Todavía me cuesta creerlo.

Celebrar esta fecha ha traído a mi mente un caudal de recuerdos. Lo que fue, lo que fui, lo que he vivido. Fue en esos instantes, mientras repasaba lo que ha sido mi vida hasta hoy, que mi engañoso corazón me llevó a dos lugares. Primero me transportó a la tierra del orgullo. Divagué por sus coloridas avenidas por unos largos minutos, saboreando las glorias del pasado. Con el pecho afuera caminé sus calles, alardeando de mis logros y aciertos. Hasta que repentinamente, sin aviso alguno, mi corazón me desplazó a la isla de la culpa. Allí un gran pesó recayó sobre mí. Sentado con la cabeza abajo me sumergí en memorias de mis pecados, errores y oportunidades desperdiciadas. Sentí que nunca saldría de esa solitaria y oscura isla…

Hasta que el Espíritu Santo, con solo unas breves palabras me trasladó a la gloriosa tierra de la eterna gratitud. Estas fueron sus poderosas palabras:

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia”(Juan 1:16)

Gracia, esta es una de las palabras más hermosas de nuestro lenguaje. La volveré a escribir para que la leas en voz al alta: GRACIA. Este vocablo nos habla de una bondad que no nos hemos ganado, un favor que recibimos sin merecerlo. Eso es gracia.

Si hablamos de la gracia mencionada en Juan 1, es importante destacar que la Palabra de Dios en esa porción se refiere específicamente a Jesús, quien es la encarnación de la gracia (Jn. 1:14). Por nuestra rebeldía y pecado merecemos ser condenados eternamente, mas por gracia muchos de nosotros hemos recibido perdón y vida eterna (Efesios 2:8-9, Romanos 3:23-26).  Para quienes estamos en Cristo, para los que hemos sido adoptados como hijos de Dios, nuestra vida es un testimonio de la escandalosa gracia de Dios.

Juan 1:16 no solo habla de la gracia de Jesús, sino que afirma que de su plenitud hemos recibido gracia sobre gracia. La gracia de Dios es como una impetuosa ola que nos rodea, nos abraza y nos envuelve. De esas olas que nos llevan a perder el equilibrio, que nos desarman y nos arrastran. Su gracia es una amorosa ola, que al irse, es reemplazada por otra ola igual de sobrecogedora. Y cuando esa ola se desvanece, otra ola, seguida por una más, después otra y así eternamente. Eso es gracia sobre gracia. La gracia de Dios se manifiesta una y otra vez en nuestra vida, son olas que nunca se detienen.

Un detallado y sincero análisis de nuestras vidas sí o sí nos tiene que llevar a la siguiente conclusión: Todo ha sido, y todo es, por la gracia de Dios. Entender su gracia nos guarda de la jactancia y a la vez nos da esperanza cuando experimentamos el peso de nuestro pecado y la vergüenza de nuestra iniquidad.

Por favor, entendamos que si algo tenemos o algo somos es únicamente por su gracia. No es porque seamos buenos cristianos, no es por ser súper obedientes, no es por cuanto damos a la iglesia, no es por nuestra inteligencia o conocimiento, no es por nuestro esfuerzo, no es por nuestras buenas obras, no es por nuestras conexiones o apellido, no es nada eso, es pura gracia de Dios.

Su gracia ha estado presente en cada esquina de nuestras vidas, y si todavía no los has visto, oro a Dios que tus ojos sean abiertos a esta verdad transformadora. Por mi parte debo confesar que he vivido treinta años de la gracia de Dios. Esa es mi vida resumida en siete palabras: treinta años de la gracia de Dios. A Él, y solamente a Él, sea toda la gloria y la alabanza eternamente.

 

 

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